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Sus ojos se llenan de lágrimas con solo recordar las enormes satisfacciones que le ha regalado estar detrás de la barra de un bar durante toda su vida en Artea, su pueblo natal. Angelines Iturbe Bernaola sirvió el último chiquito en septiembre con una "enorme pena", afirma. "Son muchos años aquí, detrás de la barra, recibiendo a la gente y dando de comer a quien tocaba a la puerta. He sido muy feliz, pero era hora de jubilarme", apunta con tristeza. La vida de Angelines está unida a su taberna, al pequeño negocio familiar del que ella se hizo cargo siendo muy joven y que se convirtió en mucho más que un sencillo bar de pueblo. "Hasta los 15 años estudié en Areatza, en el colegio de Monjas. Mis padres y mi abuela trabajaban aquí y tanto yo como mis hermanos ayudábamos cuando podíamos", relata.

Pero lo que se inició como un mero hobby echando una mano en la taberna conocida como Inesa -nombre de su abuela- se convirtió para Angelines en toda una pasión. Una pasión que hoy sigue echando de menos y que inevitablemente le sigue removiendo las entrañas. "No me puedo acercar a la taberna, me entra una angustia enorme. Prefiero no mirar cuando paso", dice con voz titubeante.
 
Y es que Angelines es una tabernera de vocación. De los pies a la cabeza. "Si volviese a nacer, no tengo duda. Yo volvería a ser tabernera", afirma sin vacilaciones. Pero todo no ha sido un camino de rosas. "He trabajado mucho y ha habido meses complicados, con menos gente. Pero había que pagar la luz, autónomos... Ha habido épocas duras, como la muerte de mis padres o la pérdida de mi marido hace 17 años", recuerda con los ojos enmudecidos. Las emociones afloran. Los recuerdos siguen presentes. Pero pese a las vicisitudes y obstáculos que uno se encuentra en el largo camino, la taberna de Angelines ha estado abierta los 365 días del año, de lunes a domingo. Todo aquel que recalase en el callejón de la pequeña localidad arratiarra encontraba la puerta de la vieja casona abierta de par en par. Y detrás, la siempre afable sonrisa de Angelines. "Nunca he cogido vacaciones. Cuando he tenido alguna comida o una boda he ido, pero había que estar aquí, en el negocio, atendiendo a la gente que viniese", explica. A lo largo de cuarenta años esta mujer ha conseguido compaginar su profesión de tabernera con la educación de sus cuatro hijos, tres chicos y una chica. "La familia me ha ayudado mucho, sin ellos no habría podido seguir adelante. Cuando he estado operada me han apoyado y han abierto el bar mis hermanos. La taberna no ha estado cerrada nunca", comenta con orgullo ante la atenta mirada de Mari Jose, su hermana menor y la incondicional cocinera que le ha ayudado al frente del negocio.

Pobres y ricos
Amabilidad y cercanía son dos de las virtudes que le han hecho conocida no solo en Arratia sino fuera de los límites del verde valle vizcaino. Angelines es de esas personas que uno agradece encontrar en el camino por su gran corazón y por la riqueza interior que le ha otorgado la universidad de la vida. Solo necesitaba un segundo, una mirada fugaz, para saber quién entraba a su taberna. "Me encanta hablar con la gente. Tengo psicología. Me fijo en los detalles. El trato con las personas es una muy buena escuela. Lo echo de menos", apunta. Con 15 años salió de las monjas de Areatza y desde entonces todo lo que ha aprendido ha sido a base de fijarse. Con atención e interés, aprendió a elaborar las exquisitas croquetas caseras y la tortilla de patata, dos de sus especialidades. "A mí cocinar no me ha gustado mucho; para eso, mi hermana. Yo me encargaba de atender la barra", cuenta. A esta célebre mujer no le han hecho falta estudios superiores para saber cómo tratar con cariño y respeto a sus clientes, muchos de ellos amigos que, aun hoy, siguen acudiendo al callejón donde lleva viviendo 60 años.

Médicos, abogados, actores, cantantes, periodistas, alcaldes, curas, arquitectos.... Por la humilde taberna de Angelines han pasado ricos y pobres, miles de personas de todas las clases sociales y profesiones, todos sin exigencias. "No me gusta nombrar a nadie, porque no quiero olvidarme de ninguno", se disculpa. Los clientes no acudían al pequeño local en busca de una cuidada decoración o guiados por las estrellas Michelín. No le han hecho falta. Nunca ha puesto publicidad, el boca a boca ha sido lo que ha guiado a los clientes hasta el bar de Angelines. Fieles que buscaban degustar unos simples huevos con chorizo o unas sabrosas alubias con todos los sacramentos en un ambiente familiar. "Aquí no ha habido lujos. Somos humildes. A todos les he tratado como si fueran de casa. Si a alguno no le he atendido bien que me perdone", dice preocupada por si a alguno le ha podido fallar.

A esta arratiarra le ha costado decir siempre que no. "No hay nadie que haya salido de esta casa con sed o hambre. Si no había sitio les decía que esperasen y les dábamos de comer más tarde", recuerda. Desde octubre la taberna de Angelines está cerrada, pero todavía hay quien regresa al viejo y cálido local con la intención de comer las croquetas de Angelines o entrar en calor con el sabroso caldo que preparaba. "El otro día unos montañeros volvían de Gorbea y me preguntaron a dónde podían ir a comer. No sabían que había cerrado. Estuve a punto de decirles que pasaran. Qué pena me da", dice esta mujer que unas Navidades sentó a su mesa a un hombre sin techo que caminaba errante frente a su casa. "Yo soy así", dice. "Quiero agradecer a toda Arratia el cariño que me ha dado", concluye esta tabernera con alma y gran corazón.
 
(Fuente:DEIA)